¡Feliz 2017, amigos!

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¿Condicionado por el entorno? ¡Vive tu vida y sé feliz!

Hay realidades muy diferentes conviviendo en un mismo espacio, hay que aceptar esa premisa para poder sonreír a la vida y poder seguir tu propio camino.

Cuando empecé en Protección Civil, hace ya unos años, mucha gente en mi entorno condenaba el hecho de que regalara mi tiempo sin recibir nada a cambio. “Nada material” subrayaba yo, pero seguían condenándolo.

Cuando tú haces algo que te hace sentir bien, con lo que conectas, y tu entorno lo tacha de absurdo, secta, pérdida de tiempo, error, te dicen que te están tomando el pelo, que es una moda pasajera y que te estás engañando a ti mismo… es difícil seguir el ritmo. Sí, aunque para ti signifique lo que signifique, el entorno acaba pesando. Es una realidad.

can-stock-photo_csp12269591            Por suerte, con aquello, una parte de mi entorno entró al mismo saco, a regalar tiempo a Protección Civil y a buscarse las vueltas para hacer que el mundo alrededor lo valorara. “Nos dan cursos muy interesantes, ayudamos a la gente, en el futuro puntuará para una oposición…” Algunos (de los que no formaban parte de “la secta”) cedieron, admitieron que tenía sus cosas interesantes e incluso se empezaron a interesar por las actividades, aunque a buena distancia; la mayoría siguió mirándome y a los que hacían lo mismo que yo con cara de “pobrecilla tonta que desperdicia su tiempo

Parece que para la gran mayoría de la gente, los beneficios solo pueden ser materiales.

A lo largo del tiempo, han ido quedando atrás muchos de los llamados amigos que no hacían más que tachar y desdeñar la vivencia del voluntario, que no hacían más que criticar y despreciar el tiempo invertido en eso, porque “no daba beneficios”. Y aunque duele, con el tiempo a esa gente no la echas en falta, porque no aportaban más que desánimo y amargor con su descrédito.

Hace un año empecé a practicar yoga. Lo había probado en gimnasios donde apenas utilizan las asanas para complementar ejercicios pero por fin empecé a practicarlo de verdad, conscientemente, con conocimiento del qué y el para qué, con conocimiento de todos los beneficios, la historia y los detalles de importancia que rodean a esta práctica milenaria.

Algunos en mi entorno consideran la práctica del yoga como una actividad de “perroflautas”. Una forma de búsqueda desde el punto de vista de “déjala, que como no tiene nada que hacer por no estar trabajando así se entretiene”, algo para llenar el tiempo, sin más.

De nuevo desprecio. Es algo habitual, que puede pasarte a ti también. Cuando encuentras algo con lo que tú conectas pero tu entorno no, serás criticado por ello, serás “incomprendido” y se alzarán voces en tu contra. Si de verdad para ti significa algo, si de verdad te importa, te llena o te satisface, no hagas caso de esas voces críticas.

No son malvados, no buscan hacerte daño, solo expresan una opinión. Tienen su propia realidad, pero no comprenden ni son capaces de imaginar la tuya. Para mí el yoga, como la danza (que me he negado a concederme durante mucho tiempo) ha supuesto un antes y un después, al que no tengo intención de renunciar, piensen lo que piensen los que lo desaprueban.

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Por otro lado, llevo ya unos años realizando labores de formación en Protección Civil. No puedo decir que siendo formador plenamente por la irregularidad de los cursos en los que participaba, pero sí desarrollando poco a poco un cierto camino en ese ámbito en particular.

He impartido talleres en colegios e institutos, he dado charlas en comisarías y parques de bomberos, he colaborado en cursos de procedimientos especiales y completado mi actividad con formaciones específicas de didáctica, formación de formadores y demás… pero no terminaba yo de verme de profe. Hice incluso un curso infernal de docencia, que luego descubrí que por currículum no necesitaba, en mi afán de mejorar en esa área para sentirme realmente agusto y conectada con eso de dar clase. El curso de docencia fue la cosa más inútil que he hecho en la vida y un poco por resarcirme y por poder aprender a hacerlo bien (ya que sí que voy a dedicarme, al menos un tiempo, a la docencia) me puse a investigar más opciones de mejora.

Y hace un par de meses, más allá del seno en el que he desarrollado hasta ahora mi labor docente, encontré unas conferencias y unos cursos que auguraban un “nivel superior” en la formación.

Debo apuntar que en los últimos años mi pareja y yo nos hemos planteado emprender con diversos proyectos y el tema de la formación de alto impacto, conferencias para emprendedores, charlas, talleres, encuentros y ponencias de diversa índole no nos es desconocido (aunque suele serlo nuestra participación en ellos, en entornos que no consideran útiles tales actividades).

En una de esas conferencias se me presentó la oportunidad de asistir a un curso cuyo simple título ya desbordaba mi interés “Maestro de Maestros”, huelga decir que apenas lo compartí en mi entorno, ya que  “Vendedores de mantas”, “No necesitas esa formación” ,“¿7 días haciendo exactamente qué?” fue lo más cariñoso que me dijeron aquellos que supieron de él (y soy perfectamente consciente que fue desde el cariño y el apoyo máximo, porque precisamente la persona que me lo dijo fue la que más ha apostado por mí en la búsqueda de una empresa donde impartir clases y empezar a percibir pasta por ello, incluso cuando yo no me veía capaz de asumir ese reto).

Finalmente, gracias a mi pareja que sí que apoyaba la utilidad de semejante actividad, fui al curso y conocí a un montón de gente con inquietudes muy parecidas a las mías. Gente de muy diversas procedencias con ganas de aprender, de emprender, de mejorar en su forma de impartir clases… gente con más o menos experiencia, profesionales de corto y largo recorrido, unidos por una idea común: cambiar la forma en que estaban trabajando hasta ahora, abiertos a las nuevas pautas, técnicas y sistemas que pudieran enseñarnos en el curso.

Hablando con estas personas, comentando sobre la vida y entornos de cada cual, descubrí que también a ellos les tachaban de sectarios en ese ámbito: emprender, formaciones “de alto impacto”, técnicas y dinámicas que implican la participación y movimiento de las audiencias… secta, secta, secta.

Muchas de estas personas se dedican al desarrollo personal, coaching, mentoring, motivación… cosas que mi entorno inmediato desprecia, pero que yo sí veo de interés y utilidad para grandes audiencias; y la conexión con esas personas, igual que con el yoga, igual que con la protección civil, igual que con el arte y con otros aspectos de mi vida que por unos grupos u otros son despreciados, me hizo pensar que quizá debería hablar en mi blog sobre ello.

Que quizá haya gente que se anula y se encierra en sí misma porque el entorno condena sus pasiones. Que no emprende, que no avanza, porque está condicionada por el qué dirán sus amigos o su familia.

Me gustaría que descubrieras, como yo, que hay otros grupos de personas que sí aprueban  e incluso admiran tus ganas de hacer cosas, aunque sean “cosas raras”.

Dicen que todo el mundo puede vender, dirigiéndose a su nicho concreto de mercado.

Puedes hacer lo que quieras, rodeándote de las personas adecuadas.

¿Las que conoces ahora son las adecuadas? ¿Te permiten crecer? ¿Te permiten hacer las cosas con las que conectas de verdad? ¿Te ayudan e impulsan? ¿O te critican y anulan?

El mundo está lleno de gente. Sal y encuentra aquellas con las que compartir tus pasiones.

 

Si te ha gustado este post o conoces a alguien que pudiera interesarle leerlo, por favor, comparte.

Hay un sinfín de talentos ocultos entre la gente

que seguirán ocultos

mientras no haya una única persona que los impulse a salir a la luz

¡Sé tú esa persona que impulse!

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PAPI… ¿QUÉ SIGNIFICA SER POBRE?

Un padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el monte con una familia campesina. Pasaron tres días y dos noches en su vivienda del campo.

En el coche, de regreso a la ciudad, el padre preguntó a su hijo:

– ¿Qué te pareció la experiencia?..

Buena – contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.

– Y… ¿qué aprendiste? – insistió el padre…

El hijo contestó:

  • Que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro.
  • Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín… y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos.
  • Que nosotros importamos linternas del Oriente para alumbrar nuestro jardín… mientras que ellos se alumbran con las estrellas, la luna y velas sobre la mesa.
  • Nuestro patio llega hasta la cerca y el de ellos llega al horizonte.
  • Que nosotros compramos nuestra comida; ellos, siembran y cosechan la de ellos.
  • Nosotros oímos CD’s… Ellos escuchan una perpetua sinfonía de golondrinas, pericos, ranas, sapos, chicharras y otros animalitos…. todo esto a veces dominado por el sonoro canto de un vecino que trabaja su monte.
  • Nosotros cocinamos en estufa eléctrica… Ellos, todo lo que comen tiene ese sabor del fogón de leña.
  • Para protegernos nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas… Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos.
  • Nosotros vivimos conectados al teléfono móvil, al ordenador, al televisor… Ellos, en cambio, están “conectados” a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus siembras, a su familia.

El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo…y entonces el hijo terminó:

– ¡Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos!

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Cada día estamos más pobres de espíritu y de apreciación por la naturaleza que son las grandes obras del universo.

Nos preocupamos por TENER, TENER, TENER y nos olvidamos del SER, SER, SER….

Este pequeño cuento me lo pasaron hace unas semanas y quería compartirlo con todos vosotros. No perdamos de vista las cosas realmente valiosas de la vida.

¡Un cordial saludo!

El hombre que vendía clinex… ¿lección de dignidad?

Al principio rechazó el paquete de clinex que el tipo tendía en silencio desde la pantalla de sus gafas de culo de vaso.

Intentaba concentrarse en la conversación, a través de internet, que la cobertura impedía en aquel punto.

El hombre se apoyó pesadamente en la pared del vagón y recolocó las bolsas en las que llevaba un cargamento de clinex y caramelos.

Era simpático el detalle de los caramelos.

Cuando comenzó a relatar, tartamudeando, su triste situación económica, la chica cambió de idea.

Le llamó conmovida: ¡caballero! Extendiéndole la moneda más grande que llevaba en el bolso.

El tipo quiso entregar su mercancía antes de recoger la moneda, pero ella rehusó.

Le llamó la atención ver como el hombre, de pelo cano, guardaba la moneda en el bolsillo trasero de su pantalón sin siquiera mirarla.

Tres personas más, al ver aquello, le extendieron monedas.

Algunas cogieron los clinex y el caramelo, otras lo rechazaron también.

Un hombre tuvo que esperar con su moneda extendida a que el tipo, vehemente, sacara de su bolsa el paquete de clinex y su correspondiente caramelo, antes de aceptar el pago.

No era un mendigo profesional, no pedía limosna.

Estaba vendiendo su mercancía de forma honrada sin precio fijo.

Sospechó que aquello le hacía sentirse bien con su situación.

Le hacía conservar su dignidad.

Y sintió un profundo respeto por aquel tipo de esforzada compostura, obligado por las circunstancias a merodear en el metro vendiendo sus clinex.

Tal como estaba el mundo, nadie podía asegurar que no se vería algún día en aquella misma situación.

Ojalá lo afrontara con la misma entereza que aquel buen hombre.

Refugios urbanos…¿cuál es el tuyo?

Nunca he sido muy pro-coche, porque no me gusta conducir por Madrid. Me gusta cogerlo para subir a la sierra o en horarios contra corriente en los que no hay nadie más, o a sitios poco transitados para asegurarme un tráfico fluido. Ahora lo estoy cogiendo más por las actividades que realizo, los horarios intempestivos y el dónde las realizo y como todo en esta vida a lo que le buscas puntos buenos, le estoy encontrando esas estrellitas de valor añadido tan necesarias para apreciar de verdad, de forma íntima y personal, las pequeñas cosas.

 

Le he cogido el gustillo a ir en coche a determinados sitios. Sobretodo esos en los que debes pasar la hora del almuerzo lejos de casa y puede que no te apetezca socializar, o que llegues muy pronto por las mañanas, a aquellos que te ofrecen un buen trecho de carretera solitaria para reflexionar o de los que debes huir con celeridad para llegar a otro lugar a tiempo…
El coche, más que un medio de transporte, pasa a ser en esos ratos un refugio. Un confortable espacio propio donde reposar, pensar y descansar. Donde hablar o leer. Donde comer a solas o acumular calor porque en clase hace un frío de mil demonios.

En estos casos éste viejito, “el inmortal”, se convierte en un compañero paciente y silencioso, agradable y cómodo, donde refugiarse del mundanal ruido.

Refugio coche

¿Conoces más refugios urbanos? Seguro que hay para dar y tomar… ¿cuál es el tuyo?