¡Feliz 2017, amigos!

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PAPI… ¿QUÉ SIGNIFICA SER POBRE?

Un padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el monte con una familia campesina. Pasaron tres días y dos noches en su vivienda del campo.

En el coche, de regreso a la ciudad, el padre preguntó a su hijo:

– ¿Qué te pareció la experiencia?..

Buena – contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.

– Y… ¿qué aprendiste? – insistió el padre…

El hijo contestó:

  • Que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro.
  • Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín… y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos.
  • Que nosotros importamos linternas del Oriente para alumbrar nuestro jardín… mientras que ellos se alumbran con las estrellas, la luna y velas sobre la mesa.
  • Nuestro patio llega hasta la cerca y el de ellos llega al horizonte.
  • Que nosotros compramos nuestra comida; ellos, siembran y cosechan la de ellos.
  • Nosotros oímos CD’s… Ellos escuchan una perpetua sinfonía de golondrinas, pericos, ranas, sapos, chicharras y otros animalitos…. todo esto a veces dominado por el sonoro canto de un vecino que trabaja su monte.
  • Nosotros cocinamos en estufa eléctrica… Ellos, todo lo que comen tiene ese sabor del fogón de leña.
  • Para protegernos nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas… Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos.
  • Nosotros vivimos conectados al teléfono móvil, al ordenador, al televisor… Ellos, en cambio, están “conectados” a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus siembras, a su familia.

El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo…y entonces el hijo terminó:

– ¡Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos!

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Cada día estamos más pobres de espíritu y de apreciación por la naturaleza que son las grandes obras del universo.

Nos preocupamos por TENER, TENER, TENER y nos olvidamos del SER, SER, SER….

Este pequeño cuento me lo pasaron hace unas semanas y quería compartirlo con todos vosotros. No perdamos de vista las cosas realmente valiosas de la vida.

¡Un cordial saludo!

El hombre que vendía clinex… ¿lección de dignidad?

Al principio rechazó el paquete de clinex que el tipo tendía en silencio desde la pantalla de sus gafas de culo de vaso.

Intentaba concentrarse en la conversación, a través de internet, que la cobertura impedía en aquel punto.

El hombre se apoyó pesadamente en la pared del vagón y recolocó las bolsas en las que llevaba un cargamento de clinex y caramelos.

Era simpático el detalle de los caramelos.

Cuando comenzó a relatar, tartamudeando, su triste situación económica, la chica cambió de idea.

Le llamó conmovida: ¡caballero! Extendiéndole la moneda más grande que llevaba en el bolso.

El tipo quiso entregar su mercancía antes de recoger la moneda, pero ella rehusó.

Le llamó la atención ver como el hombre, de pelo cano, guardaba la moneda en el bolsillo trasero de su pantalón sin siquiera mirarla.

Tres personas más, al ver aquello, le extendieron monedas.

Algunas cogieron los clinex y el caramelo, otras lo rechazaron también.

Un hombre tuvo que esperar con su moneda extendida a que el tipo, vehemente, sacara de su bolsa el paquete de clinex y su correspondiente caramelo, antes de aceptar el pago.

No era un mendigo profesional, no pedía limosna.

Estaba vendiendo su mercancía de forma honrada sin precio fijo.

Sospechó que aquello le hacía sentirse bien con su situación.

Le hacía conservar su dignidad.

Y sintió un profundo respeto por aquel tipo de esforzada compostura, obligado por las circunstancias a merodear en el metro vendiendo sus clinex.

Tal como estaba el mundo, nadie podía asegurar que no se vería algún día en aquella misma situación.

Ojalá lo afrontara con la misma entereza que aquel buen hombre.

Refugios urbanos…¿cuál es el tuyo?

Nunca he sido muy pro-coche, porque no me gusta conducir por Madrid. Me gusta cogerlo para subir a la sierra o en horarios contra corriente en los que no hay nadie más, o a sitios poco transitados para asegurarme un tráfico fluido. Ahora lo estoy cogiendo más por las actividades que realizo, los horarios intempestivos y el dónde las realizo y como todo en esta vida a lo que le buscas puntos buenos, le estoy encontrando esas estrellitas de valor añadido tan necesarias para apreciar de verdad, de forma íntima y personal, las pequeñas cosas.

 

Le he cogido el gustillo a ir en coche a determinados sitios. Sobretodo esos en los que debes pasar la hora del almuerzo lejos de casa y puede que no te apetezca socializar, o que llegues muy pronto por las mañanas, a aquellos que te ofrecen un buen trecho de carretera solitaria para reflexionar o de los que debes huir con celeridad para llegar a otro lugar a tiempo…
El coche, más que un medio de transporte, pasa a ser en esos ratos un refugio. Un confortable espacio propio donde reposar, pensar y descansar. Donde hablar o leer. Donde comer a solas o acumular calor porque en clase hace un frío de mil demonios.

En estos casos éste viejito, “el inmortal”, se convierte en un compañero paciente y silencioso, agradable y cómodo, donde refugiarse del mundanal ruido.

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¿Conoces más refugios urbanos? Seguro que hay para dar y tomar… ¿cuál es el tuyo?

La Envidia

Se supone que todos sabemos lo que es la envidia. “Envidia sana” y todo eso… no estoy de acuerdo. Hay gente que no es envidiosa, que ni siquiera es capaz de concebir la sensación de amargura interior que produce la envidia. Ni entender las reacciones y problemas que la envidia causa en determinadas situaciones.

Según wikipedia: “La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas. La RAE la ha definido como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee.

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A lo largo de la historia humana, éste sentimiento de desdicha y rencor se ha cobrado un sinfín de víctimas inocentes. A la envidia no le importan las familias, las amistades ni el amor, no le importan las clases sociales, las fiestas ni las ocasiones especiales. Surge y devasta a su paso los lazos más estrechos y fuertes de la tierra.

Cuando varias personas trabajan por un fin conjunto y se premia sólo a una o a unas pocas de ellas, el resto sienten envidia por no haber recibido ese premio. Cuando alguien desea poseer algo fuera de sus posibilidades y otro lo posee, siente envidia. Cuando alguien vive una experiencia que a otro le hubiera gustado vivir pero no se ha dado la oportunidad, siente envidia “sana”… de un modo u otro, el ser humano codicia lo ajeno ¿Por qué ocurre esto?

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La envidia daña la salud mental del individuo, su capacidad de disfrutar de la propia existencia y los propios activos porque se centra en las posesiones o suertes ajenas. Corroe las entrañas y corrompe las relaciones. ¿Por qué el ser humano siente envidia? Y si es un sentimiento tan negativo ¿Por qué no lo controlamos y erradicamos de nuestra vida?

Quizá porque vivimos en una sociedad que premia a los envidiosos. Sí, no es coña. Hoy en día, se alimenta la competitividad y el capitalismo, que se nutre de la envidia y el deseo de mejora, que publicita el consumo con referencias de iconos de actualidad de modo que la gente normal anhele poseer lo que otros tienen por el hecho de ser famosos.

Quizá porque forma parte intrínseca de la naturaleza humana…pero entonces ¿por qué hay gente que no siente envidia? ¿será que la controla mejor que otros? Según investigadores de la conducta y psicólogos reputados, la envidia es algo controlable, partiendo de la autoestima y de la conciencia del propio ser y las capacidades y limitaciones de uno mismo.

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Si dejas que se prolongue esa emoción negativa y la nutres, crece y se cancera, provocando episodios de estrés, malestar físico y ansiedad, de forma que afecta negativamente a tus relaciones sociales y tu entorno. La envidia puede llegar a crear una justificación mental para “vengar” una situación que la persona envidiosa considera “injusta”, haciéndola capaz de dañar a la persona envidiada con el simple afán de “equilibrar la balanza”. Esto se traduce en insultos, maltrato físico o mental, mentiras, descalificaciones, vejaciones, humillaciones e incluso ataques físicos en casos muy extremos.

Si eres capaz de obviarla y enterrarla sin más, se seca y se deshace con el tiempo, desapareciendo por completo e incluso convirtiéndose en lo que tiende a llamarse “envidia sana” o “envidia buena” que parte de la aceptación del yo y de la propia situación personal y encuentra en el objeto de “envidia” tan sólo un modelo a seguir para la autosuperación y el crecimiento personal.

La envidia nace en muchos casos de la comparación. Y la comparación es algo que sólo debe aplicarse entre iguales y ¿desde cuando hay dos seres humanos iguales? Podemos comparar dos platos para ver si uno tiene alguna mella o mancha, podemos comparar dos flores para ver cual queda más bonita en un jarrón, podemos comparar dos cuchillos para ver si alguno está mellado… pero el ser humano es tan infinita e infinitésimamente distinto uno de otro, que compararlo a otro es inútil.

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Así que, si alguna vez sientes envidia, analiza tu situación, tu historia, tu vida, tu forma de ser, de pensar, de actuar, tus posibilidades de crecimiento, tus posesiones y la importancia que cada una de ellas tiene para ti, tu relación con tu familia, amigos y cercanos, tu relación con los desconocidos, tu relación con tu mascota si tienes, con la naturaleza, con tu mundo interior… y mientras haces todo eso, si no se te ha olvidado ya el objeto de tu envidia, al menos habrás hecho un gran camino interior que seguro que te aporta la autoconfianza y el conocimiento suficiente para obviar la envidia y no necesitar semejante sentimiento negativo.

Envidia pérdida de tiempo

¡Un abrazo!

😀

La vida es lo que te está pasando, mientras te empeñas en hacer otros planes

Se oye mucho eso de “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes” y no estoy nada de acuerdo con esa sentencia. Quizá hace mucho tiempo que la oí por primera vez y me rebelé rotundamente contra semejante pérdida de tiempo vital, convirtiendo casi en una filosofía de vida esa negativa.

¿No apreciar lo que tienes hasta que lo pierdes? ¿Y mientras cómo lo estás valorando?

Así que decidí hace mucho tiempo valorar cada instante, cada objeto, cada mísero conjunto de partículas en un rayo de sol, valorar a las personas con las que comparto el tiempo, los momentos que paso con ellos… dedicar un segundo a contemplar la situación desde fuera y valorarla, para que nunca me pase eso de “no saber lo que tienes hasta que lo pierdes”.

Y cuando haces esa pequeña reflexión, cambia el sabor de la vida, no hay hueco para el resentimiento ni el remordimiento.

Valorar cada detalle hace que cada día cuente, aunque a ojos del mundo pueda no pasar nada, aunque otros no sepan apreciar la caricia del aire, la proximidad de un cuadrúpedo peludo que se apoya en tu pierna, la sensación de deslizar una plumilla en el papel o degustrar un buen trago de agua fría… cada día tiene infinitas pequeñas cosas que pueden hacerlo hermoso, sea o no lucrativo, sea o no festivo, sea o no especial en el calendario.

No dejes que la vida se escurra entre tus dedos.

Arena entre los dedos

 

“Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador…

 

Un buscador es alguien que busca, no necesariamente es alguien que encuentra.

Tampoco esa alguien que, necesariamente, sabe lo qué es lo que está buscando, es simplemente para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió.

 

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.

…Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

 

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción…:

 

 

“Abedul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”

 

 

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida.

Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía:

 

 

“Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses, y 3 semanas”

 

 

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba 11 años…

Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

 

 

El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó.

Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

 

 

– No, ningún familiar – dijo el buscador – ¿qué pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?. ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?!!!

El anciano sonrió y dijo:

 

 

– Puede Ud. serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…

Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello.

Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

 

 

a la izquierda, qué fue lo disfrutado…

a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

 

 

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?…

Y después… la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana?…

¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo…?

¿y el casamiento de los amigos…?

¿y el viaje más deseado…?

¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?

¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?…

¿horas?, ¿días?…

 

 

Así… vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… cada momento.

 

 

Cuando alguien se muere,

es nuestra costumbre,

abrir su libreta

y sumar el tiempo de lo disfrutado,

para escribirlo sobre su tumba,

porque Ese es, para nosotros,

el único y verdadero tiempo VIVIDO.”

 

(El buscador. Jorge Bucay. Cuentos para pensar)